En un hospital de Barcelona. Afortunadamente y desafortunadamente he tenido la oportunidad de vivir, en primera persona, experiencias muy significativas en este tipo de instituciones.
Mencionar hospital implica que algo afecta a la salud, ya sea para uno mismo o para un ser querido, por ello encontrase en un hospital no suele ser agradable.
En este caso me remitiré a la estancia en un gran hospital público de Barcelona, en el que una persona muy allegada a nuestra familia, quedó ingresada por lo que clínicamente se denomina accidente cerebrovascular (ictus), considerado como emergencia médica de consecuencias complejas e imprevisibles y que en nuestro caso, degenero en un estado de coma (vegetativo).
Tras un duro y largo periodo de tiempo con recorrido inicial en urgencias y posteriormente en UCI, se le trasladó a planta, donde quedo ingresado. Es a partir de este momento, por ser parte directa como familia, que asumimos el rol de una figura no reconocida en los hospitales, pero muy importante, el denominado cuidador familiar, cuyo impacto beneficia tanto al paciente (cuidar a la persona), como al profesional (cierto alivio para su carga de trabajo).
Los cuidadores suelen ser imperceptibles para el entorno hospitalario que al no contemplarlos, no han definido infraestructura que permita adaptar esta figura. Situación que según estudios realizados, provoca en el mismo un estrés emocional que suele manifestarse con una importante necesidad de comunicarse y relacionarse.
Y este era mi caso, como seguramente el de todas las personas de la planta en mi misma situación, que fuimos automáticamente acreditados como cuidadores familiares.
La habitación donde nos encontrábamos era compartida, lo normal en un hospital de estas características, dos camas para los dos pacientes y poco más. El denominado cuidador disponía de una silla o dos sillas o sillón (en el caso más afortunado) y baño común de uso público, tanto para pacientes como acompañantes y visitas.
En nuestro caso y por motivos obvios no nos quedaba más remedio que repartir la estancia en el hospital donde yo asumí la mayor parte de las noches, en las que coincidí con FERRAN, el otro cuidador familiar.
Ferrán acompañaba a su hermano, ingresado por una apoplejía que a diferencia de nuestro familiar, él si mantenía parte de la conciencia y la movilidad.
Me comento que eran tres hermanos, de edades muy continuas, 79 (el mayor ingresado), otro de 76 y él de unos 69 / 70 años. Y algo totalmente curioso, todos solteros y viviendo en la misma casa. Por la mañana creo que venía una persona que les asistía. Realmente anecdótico. Todos estuvieron a punto de casarse pero al final ninguna de las relaciones llego a formalizarse.
Regentaban un negocio propiedad de los tres, anteriormente de sus padres al que le habían dado continuidad y que hasta hoy les había permitido vivir muy dignamente, un colmado (ultramarinos) en el Eixample barcelones.
Ferrán estaba preocupado por su hermano, era el mayor y para él su referente, una persona muy importante en su vida y por ello no quería pensar en lo peor (aunque era muy consciente de la edad y la situación), sentimiento que también extendía a su otro hermano.
Durante el tiempo que pase con ellos observe que existía una muy buena relación que confirmaba lo anterior.
Sensación que le traslade a Ferrán y que con gran humildad me conto que con independencia a lo importante de los valores, principios y educación transmitidos por sus padres, la relación de los tres hermanos siempre destaco por una serie de conceptos muy significativos marcados desde el principio: la confianza, la comunicación y lo que podría definirse como “una gran amistad”.
Criterios imprescindibles, que les permitieron gestar la unión y el compromiso necesario con los que poder alcanzar tanto objetivos personales como profesionales. Sirva pues como ejemplo su forma de gestionar y dar continuidad al negocio familiar, donde su éxito parecía ser consecuencia de la existencia de este significativo vínculo o pacto establecido entre los tres, donde se podría decir que eran algo más que hermanos.
Ferrán daba mucha importancia a la confianza y la comunicación, pero su tema estrella era la amistad, disfrutaba hablando de ello.
Me comento que podía presumir de tener AMIGOS con mayúsculas. Le gustaba tener amigos y definía el concepto de amistad con una frase que se quedo para siempre en su mente y que recordó era de Aristóteles: “La amistad es lo más necesario en la vida”.
Por ello este concepto era parte importante de la relación con sus hermanos. Desde su punto de vista les había ayudado a conocerse mejor y confiar mucho más. Ponía como ejemplo su influencia ante conflictos, fruto de la convivencia familiar, donde siempre ha funcionado como un antídoto que refuerza valores tales como fraternidad, fidelidad y solidaridad.
Ferrán era feliz hablando de amistad y se sentía orgullos de ello. En una ocasión me pregunto:
¿Cómo definirías a un amigo?,
Su respuesta fue:
“Un amigo es aquel que cuando le has invitado a una fiesta has tenido que insistir entre dos y tres veces, pero que cuando tienes un problema, es el primero en llamar a tu puerta”.
Gracias Ferrán. Todo un honor poder considerarme tu AMIGO.
“Vivir sin amigos no es vivir”. (Cicerón)



