Hace ya tiempo que por motivos estivales me desplace a la hermosa tierra de Galicia, concretamente la Costa de Bayona (Vigo, Pontevedra).
Sin lugar a dudas, uno de los lugares más hermosos que he conocido y que recomiendo, sin lugar a dudas visitar.
Como he indicado fueron unas vacaciones familiares, francamente, difíciles de olvidar. En ellas solía acompañar a mi padre en sus paseos matutinos (madrugadores donde los haya, ocho de la mañana), que consistían en ir andando por el puerto (parte del paseo marítimo) hasta el centro del pueblo y una vez allí desayunar en uno de su bares tradicionales que como todos, destacaba por su variada cocina gallega con productos del mar, montaña y huerta … todo lo indispensable para elaborar sus platos típicos y con seguridad muy conocidos como el caldo gallego, empanadas, lacón con grelos, pimientos, tarta de Santiago, etc.. y por descontado el marisco, sinceramente difícil de resistirse, incluso a esa primera hora. Por ello, obviamente, nuestros desayunos no eran precisamente de café con leche y pasta, que a mi madre nunca le contamos (era un secreto de estado).
Por no entrar en detalles, describiría este lugar como un bar clásico, no muy grande, confortable y acogedor, donde desde el primer momento fuimos muy bien recibidos y atendidos (amabilidad y hospitalidad gallega).
A esas horas siempre encontrábamos a las mismas personas que, imagino por la novedad y por nuestra constancia, poco a poco fueron entablando conversación.
Una de estas personas era Telmo.
Marinero de profesión que con sus 65 años había viajado por la mayor parte de los continentes y que un accidente a los 45 años le obligo a dejar la mar, su principal razón de ser y a la que había dedicado toda su vida desde los 14 años (tras abandonar la escuela). Toda una trayectoria interesante y dura, llena de aventuras y experiencias que desafortunadamente este accidente ocurrido faenando en un buque noruego, le aparto para siempre de su mayor pasión: el mar.
Telmo, no aparentaba la edad que tenía. De aspecto saludable, de media estatura, corpulento y de pelo rizado pero con un número significativo de canas.
Cuando se incorporaba su pierna derecha resentía una pequeña cojera, algo había ocurrido.
Pero lo que más me encantaba de Telmo era su simpatía y su disposición para entablar una conversación y sobretodo contestar a nuestras preguntas que fueron muchas, ambos disfrutábamos con sus historias y experiencias.
De todas ellas quisiera resaltar algo que me impactó y que estoy seguro que rige para todos los marineros y es su respeto al Mar. Un dicho gallego, nos comento, lo deja bien claro: “El mar es el Dios que guía el destino de los marineros”.
Pero en Telmo se apreciaba algo diferente, una sensación de respeto común en ambos, una especie de vínculo y acuerdo entre el Mar y Telmo, donde me pareció entender que él había incumplido ese pacto. Su accidente le aparto del mar y evito poder realizar el compromiso que más adelante creo puede comprender.
Compromiso y respeto, valores fundamentales a tener en cuenta en una sociedad como la nuestra y que desgraciadamente cada vez son más escasos.
Telmo decía que la vida en el mar es de total respeto. Nunca puedes perderlo, se debe navegar sin miedo, pero siempre con respeto. El mar es impredecible, cambiante y caprichoso, por ello debes ser capaz de admirarlo y obedecerlo, nunca subestimarlo (importante lección que podría trasladarse a la gestión de adversidades y procesos de cambios). Para él embarcarse era saber que iba disfrutar, pese a las condiciones de vida y del trabajo en altamar. Era volver a rencontrarse con nuevas emociones, incógnitas, experiencias… la mitad de su vida dedicada al mar.
Pero Telmo tuvo que enfrentarse a algo que seguramente en algún momento de su vida ya paso por su mente, un posible accidente que le apartase de lo más amaba y admiraba. Por ello con toda seguridad pactó este compromiso interior con el que pretendía entrelazarse y unirse para siempre. Pío Baroja escribió: “Queremos comprender al mar, y no le comprendemos”, Telmo si lo comprendía, lo respetaba y lo amaba.
Telmo era muy consciente y una frase me lo dejo muy claro:
“El mar se queda a los valientes y devuelve a los cobardes”
Entendía ahora su compromiso, su pacto interior, que desgraciadamente para él no pudo cumplir, pero que egoístamente para mí, dicho incumplimiento, me permitió haberle conocido.
Gracias Telmo, donde quiera que estés.
“El hombre de mar, de naturaleza peculiar, es capaz de navegar con valor extraordinario, contra corriente, entre vientos huracanados, manejando su navío contra viento y marea, sin escorarse, sin ir a la deriva, capeando el temporal con maniobras arriesgadas, hasta avistar un lugar seguro … “ (parte del poema de Carmen Formoso Lapido).

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