“Soy muy consciente de
que la vida que he elegido no es fácil, pero me gusta mi trabajo”.
Y ciertamente así era.
Es
una de las frases que escuche a Damián, ganadero de profesión al que tuve el
privilegio de acompañar durante dos días por tierras de Avila trasladando y
atendiendo ganado.
De
vacaciones por tierras castellanas, nostalgia y cariño de una Castilla la Vieja
que siempre llevo y llevaré en mi corazón. Junto con un gran amigo, nos
encontrábamos pasando unos días en un hermoso pueblo de la zona del Barco, pueblo
de su familia y donde en una de las reuniones / conversaciones coincidimos con Damián.
Su
profesión: ganadero desde que casi comenzó a caminar y no habían pasado muchos
años, Damián tenía 25 años.
Uno
de los pocos jóvenes de su edad, que había decidido seguir con la tradición
ganadera de su familia, un camino duro, con un día a día complicado y nada
fácil, sin fiestas, sin fines de semana, vacaciones. De extensas y largas
jornadas que se iniciaban al alba y culminaban al anochecer (la noche), con un
único objetivo: atender al ganado prácticamente las 24 horas del día.
Jornadas
caracterizadas por una gran responsabilidad y compromiso en las que no se puede
fallar y en las que, con toda seguridad, surgen las emociones, tales como
llegar a pensar algo tan impactante como tener la sensación de haber perdido la
juventud, pero por lo que puede observar,
para Damián esto no era ningún impedimento para que al día siguiente se
levantase con más fuerza y seguramente
en ello, en su motivación, algo tendría
que ver lo que su padre, me comento, le había dicho en más de una
ocasión: para dedicarse a este trabajo
hace falta mucho amor, mucho valor y mucha ilusión.
Estaba
claro, escuchar y conversar con Damián merecía la pena, provocaba algo
esencial: pensar y sentir.
Por
ello cuando nos propuso acompañarle y compartir, durante más de 24 horas, su
día a día, no pude negarme. Y en esta ocasión algo excepcional: trasladar
ganado de una zona a otra y en la que se debía de pernoctar al volver.
Sinceramente
propuesta difícil de renunciar, sobre todo si se le añade algo primordial:
debía realizarse a caballo, campo a través; con toda seguridad, una gran e
inolvidable experiencia.
Así
fue como en unos tres días nos pusimos en marcha cuatro personas, con unas 35
vacas mansas con la intención de llevar este ganado a otros pastos donde
estarían hasta finales del otoño para cuando el tiempo es más crudo y comienza
a amenazar la nieve.
Describir
esta apasionante “aventura”, por campos, dehesas, caminos, lugares
indescriptibles, con la responsabilidad que implicaba conducir eficientemente
ese ganado (y más concretamente acompañados con dos personas totalmente
novatas, inexpertas), es algo que a lo que debería dedicarle un amplio espacio
y que me apartaría de lo que en este breve relato quiero describir, algo que
sin duda algún día escribiré.
Y
donde no puedo dejar de agradecer tanto a Damián como a Francisco, (la otra
persona más mayor que nos acompañaba), el habernos ofrecido esta gran
oportunidad, que sin duda ha quedado para siempre en nuestra mente como algo
inolvidable y cuyo recuerdo, nos acompañara toda la vida.
Gracias
de todo corazón….
Pero
en este emocionante “viaje” mi interés era profundizar y conocer más a Damián.
Cómo
una persona tan joven, con una presumible corta experiencia en la vida dura del
campo, podía estar tan seguro de sí mismo, de
saber lo que quería y de mantener una increíble actitud positiva hacia
la vida.
Damián
lo tenía muy claro: vivía por y para su trabajo y que pese a lo duro del mismo,
al que le dedicaba casi las veinticuatro horas del día, este, era su verdadera
pasión:
Yo opté por no huir a
la ciudad como muchos de los jóvenes y amigos de mi edad en busca de una vida
mejor. Quería ser ganadero y vivir en mi pueblo, contribuir y ayudar a su crecimiento
económico, sustento que está muy vinculado a lo que yo hago y a lo que otros muchos
se dedican (agricultura / ganadería).
Mis motivos, darle
continuidad a la ilusión, al esfuerzo de sus
bisabuelos, abuelos, padres, generaciones que siempre se dedicaron a
esta digna y dura labor: la ganadería.
Me
explico que junto con su hermano y sus padres y algún que otro trabajador,
vivían de su explotación ganadera, compuesta de ciento veinte vacas repartidas
en unas ochenta de leche y otras
cuarenta de las denominada raza Avileña, vacas negras, muy negras, justamente las
que trasladamos. Reses de las que se obtiene una excelente carne, de un sabor
especial, fruto de una alimentación
natural (frutos / bayas) conseguida por
consumir pastos en lugares diferentes.
Dedicados
mayormente al cuidado del resto del ganado (vacas de leche), al que había que
atender de diariamente: preparar su alimentación (las vacas comen todos los
días, decía), su limpieza, retirada de basura, cuidados y sobre todo su
exigente plan de ordeño diario (hoy afortunadamente
más cómodo por la maquinaria, ordeñadoras), punto con el que a día de hoy se
ganaban la vida, la venta de la leche producida, pero que cada día daba menos
beneficios y márgenes.
No
me quedaban dudas y era fácil de ver: Damián, desde siempre, quiso vivir y
ganarse la vida en su pueblo.
Una
vida con toda seguridad muy dura, de una gran responsabilidad y compromiso,
donde el lamento y la desánimo no tienen lugar y que pese a su juventud el
asumió y se comprometió.
Se
dice que la responsabilidad es más que un compromiso y que no se nace con ella,
que se adquiere con la madurez, tras hablar y conversar con Damián, en su caso no ha sido así, ambos valores
tomaron conciencia a una edad muy temprana.
Con
el tiempo supe que continuó en el pueblo que nunca quiso abandonar y que formo
una familia, a la que con toda seguridad transmitió, esos valores.
Damián
era una Persona autentica, diferente,
fiel a unos principios y normas, cuya puesta en práctica, le permitieron
desarrollar los valores necesarios e imprescindibles con los que acatar y asumir
su compromiso, pese a su juventud.
“El
precio de la grandeza es la responsabilidad”. Sir Winston Churchill
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