lunes, 2 de septiembre de 2013

DAMIAN

“Soy muy consciente de que la vida que he elegido no es fácil, pero me gusta mi trabajo”. 

Y ciertamente así era.

Es una de las frases que escuche a Damián, ganadero de profesión al que tuve el privilegio de acompañar durante dos días por tierras de Avila trasladando y atendiendo ganado.

De vacaciones por tierras castellanas, nostalgia y cariño de una Castilla la Vieja que siempre llevo y llevaré en mi corazón. Junto con un gran amigo, nos encontrábamos pasando unos días en un hermoso pueblo de la zona del Barco, pueblo de su familia y donde en una de las reuniones / conversaciones coincidimos con Damián.

Su profesión: ganadero desde que casi comenzó a caminar y no habían pasado muchos años, Damián tenía 25 años.

Uno de los pocos jóvenes de su edad, que había decidido seguir con la tradición ganadera de su familia, un camino duro, con un día a día complicado y nada fácil, sin fiestas, sin fines de semana, vacaciones. De extensas y largas jornadas que se iniciaban al alba y culminaban al anochecer (la noche), con un único objetivo: atender al ganado prácticamente las 24 horas del día.

Jornadas caracterizadas por una gran responsabilidad y compromiso en las que no se puede fallar y en las que, con toda seguridad, surgen las emociones, tales como llegar a pensar algo tan impactante como tener la sensación de haber perdido la juventud, pero por lo que puede observar,  para Damián esto no era ningún impedimento para que al día siguiente se levantase con más fuerza y  seguramente en ello, en su motivación, algo tendría  que ver lo que su padre, me comento, le había dicho en más de una ocasión: para dedicarse a este trabajo hace falta mucho amor, mucho valor y mucha ilusión.

Estaba claro, escuchar y conversar con Damián merecía la pena, provocaba algo esencial: pensar y sentir.

Por ello cuando nos propuso acompañarle y compartir, durante más de 24 horas, su día a día, no pude negarme. Y en esta ocasión algo excepcional: trasladar ganado de una zona a otra y en la que se debía de pernoctar al volver.

Sinceramente propuesta difícil de renunciar, sobre todo si se le añade algo primordial: debía realizarse a caballo, campo a través; con toda seguridad, una gran e inolvidable experiencia.

Así fue como en unos tres días nos pusimos en marcha cuatro personas, con unas 35 vacas mansas con la intención de llevar este ganado a otros pastos donde estarían hasta finales del otoño para cuando el tiempo es más crudo y comienza a amenazar la nieve.

Describir esta apasionante “aventura”, por campos, dehesas, caminos, lugares indescriptibles, con la responsabilidad que implicaba conducir eficientemente ese ganado (y más concretamente acompañados con dos personas totalmente novatas, inexpertas), es algo que a lo que debería dedicarle un amplio espacio y que me apartaría de lo que en este breve relato quiero describir, algo que sin duda algún día escribiré.
Y donde no puedo dejar de agradecer tanto a Damián como a Francisco, (la otra persona más mayor que nos acompañaba), el habernos ofrecido esta gran oportunidad, que sin duda ha quedado para siempre en nuestra mente como algo inolvidable y cuyo recuerdo, nos acompañara toda la vida.

Gracias de todo corazón….

Pero en este emocionante “viaje” mi interés era profundizar y conocer más a Damián.

Cómo una persona tan joven, con una presumible corta experiencia en la vida dura del campo, podía estar tan seguro de sí mismo, de  saber lo que quería y de mantener una increíble actitud positiva hacia la vida.

Damián lo tenía muy claro: vivía por y para su trabajo y que pese a lo duro del mismo, al que le dedicaba casi las veinticuatro horas del día, este, era su verdadera pasión:

Yo opté por no huir a la ciudad como muchos de los jóvenes y amigos de mi edad en busca de una vida mejor. Quería ser ganadero y vivir en mi pueblo, contribuir y ayudar a su crecimiento económico, sustento que está muy vinculado a lo que yo hago y a lo que otros muchos se dedican (agricultura / ganadería).

Mis motivos, darle continuidad a la ilusión, al esfuerzo de sus  bisabuelos, abuelos, padres, generaciones que siempre se dedicaron a esta digna y dura labor: la ganadería.

Me explico que junto con su hermano y sus padres y algún que otro trabajador, vivían de su explotación ganadera, compuesta de ciento veinte vacas repartidas en unas  ochenta de leche y otras cuarenta de las denominada raza Avileña, vacas negras, muy negras, justamente las que trasladamos. Reses de las que se obtiene una excelente carne, de un sabor especial,  fruto de una alimentación natural (frutos / bayas)  conseguida por consumir pastos en lugares diferentes.

Dedicados mayormente al cuidado del resto del ganado (vacas de leche), al que había que atender de diariamente: preparar su alimentación (las vacas comen todos los días, decía), su limpieza, retirada de basura, cuidados y sobre todo su exigente  plan de ordeño diario (hoy afortunadamente más cómodo por la maquinaria, ordeñadoras), punto con el que a día de hoy se ganaban la vida, la venta de la leche producida, pero que cada día daba menos beneficios y márgenes.

No me quedaban dudas y era fácil de ver: Damián, desde siempre, quiso vivir y ganarse la vida en su pueblo.

Una vida con toda seguridad muy dura, de una gran responsabilidad y compromiso, donde el lamento y la desánimo no tienen lugar y que pese a su juventud el asumió y se comprometió.

Se dice que la responsabilidad es más que un compromiso y que no se nace con ella, que se adquiere con la madurez, tras hablar y conversar con Damián,  en su caso no ha sido así, ambos valores tomaron conciencia a una edad muy temprana.

Con el tiempo supe que continuó en el pueblo que nunca quiso abandonar y que formo una familia, a la que con toda seguridad transmitió, esos valores.

Damián era una Persona autentica, diferente,  fiel a unos principios y normas, cuya puesta en práctica, le permitieron desarrollar los valores necesarios e imprescindibles con los que acatar y asumir su compromiso, pese a su juventud.


“El precio de la grandeza es la responsabilidad”. Sir Winston Churchill

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